Arthur Miller, un dramaturgo comprometido con la humanidad y su justa existencia

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Luis Gastélum

Arthur Miller fue el Abraham Lincoln de la literatura norteamericana, según su compatriota William Styron. Un actor escondido detrás de la máquina de escribir, a decir de él mismo, además de un dramaturgo torturado pero al fin uno de sus sueños cumplidos. Para Carlos Fuentes, la gran altura física de Miller sólo fue comparable a su enorme estatura moral y literaria, que ni la tragedia personal ni la moda intelectual pudieron rebajar. Pero no obstante su abrazo del marxismo durante su juventud, del que luego renegó, su visión política no tenía el mismo alcance que sus grandes obras dramáticas: en ocasión del Premio Príncipe de Asturias de Literatura 2002, declaró en el paraninfo de la Universidad de Oviedo: “Soy optimista porque he estado demasiado tiempo decepcionado. La verdad es que no creo que Estados Unidos ataque a Irak. Cuando se realicen las elecciones al Congreso, el tema de Irak desaparecerá de los periódicos. Pese a lo complicado de la situación, tengo esperanzas de que no pase nada terrible”.

El neoyorquino de nacimiento, quien hubiera cumplido 100 años en octubre pasado, era un gran intelectual pero de corta visión para la política. El autor de Muerte de un viajante, obra por la que obtuvo el Pulitzer en 1949, justificaba su ingenua opinión con un profundo razonamiento: “Me pregunto si el tipo de sentimiento que podemos denominar trágico tiene cabida actualmente en nuestro vocabulario. No lo tengo muy claro. Tal vez porque hemos matado a demasiada gente. Creo que no se ha reflexionado sobre cómo influye la historia de la humanidad en la conciencia de la gente, en el sentido de que un ser humano ya no tiene mucho valor, que puede ser desposeído y olvidado con facilidad y, en consecuencia, tampoco está muy clara la idea trágica que implica el ser humano. Después de todo, Hamlet puede ser suplantado por otro príncipe”.

Enemigo de los augurios políticos por experiencia y siempre dispuesto a adaptarse a cada época que vivió, Miller, sin decir nombres, creía en que siempre habrá un loco que piense en matar a todo el mundo para tener razón. De George W. Bush pensaba que tras unos años en su puesto se convirtió en mejor actor, más profesional y con más seguridad, pero disentía de la política de quien consideraba un fundamentalista.

En Estados Unidos, decía, hay una banda, una mafia que piensa que la religión debe dirigir el país: “América ha sido construida por gente que lucha por separar la religión de la sociedad, de la política. Querían que las iglesias estuvieran fuera del Gobierno. Esto nos costó cientos de guerras. Ahora volvemos hacia atrás. Creo que hemos llegado al límite de la cultura política”. Resumía su creencia con un “hoy todos los conflictos están dirigidos por religiosos”. En Irlanda del Norte tienen la misma religión, creen en el mismo Dios, Jesucristo, pero hay dos tipos de curas. En Oriente Medio, vemos como los rabinos fundamentalistas quieren destruir todo lo qua no es judío. Lo mismo ocurre con los musulmanes. Los conflictos de hoy ya no los llevan los políticos, los llevan los religiosos. Y de ahí surge la dificultad para resolverlos. Los políticos saben asumir compromisos. Pero para los religiosos, el compromiso es el Diablo. Yo hablo en nombre de la razón, dicen, entonces el otro no puede tener razón. Las ideas opuestas no pueden tener razón al mismo tiempo.

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Pensaba que los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre en Nueva York deberían hacernos comprender que la civilización es frágil: “Resulta muy fácil para dos o tres hombres destruir toda una ciudad. El derrumbe de las torres nos recuerdan que vivimos al borde del precipicio”. Pero también era de la idea que la civilización no puede ser derrotada porque si lo es desapareceremos: “Nos salvarán quizá las razones económicas, porque finalmente debemos producir. Es evidente que las cosas pueden ir todavía peor, aunque creo que al final esta tentación de la destrucción será corregida. Aunque, como he dicho, siempre tendremos a un loco dispuesto a matar a todo el mundo”. Miller tuvo una notable repercusión pública por su intenso activismo político y social.

Mantuvo siempre una actitud crítica hacia el paradigma masificador de la cultura de su país, se acercó al marxismo en su juventud, se opuso activamente a la caza de brujas emprendida por el senador Joseph McCarthy —Las brujas de Salem es una denuncia contra los métodos inquisitoriales y en general contra el fascismo– y él mismo acabó siendo condenado por desacato en 1956 por el Comité de Actividades Antiamericanas, imputación de la que posteriormente, tras apelar la sentencia, fue absuelto. También participó en los movimientos intelectuales contra la intervención militar de su país en Corea y Vietnam y fue presidente del Pen Club, la agrupación de escritores que vela por la libertad de expresión. Pero en aquel entonces, señalaba Miller, uno daba por sentado, y a decir verdad sin necesidad de pensar demasiado en ello, que incluso la idea de ser escritor tenía poco que ver con alguien que proporciona entretenimiento, sino al contrario, se asociaba a alguien que se proponía rehacer a la humanidad: “Esto significaba activismo político y compromiso social, y tener una perspectiva bastante corta de las cosas, pero eso era inevitable cuando uno vivía como si se hallara en un estado de emergencia perpetuo, por así decirlo, pues era un periodo que acabaría o con el triunfo del fascismo o con la derrota de éste, incluido el fascismo anímico que nos rodeaba”.

El también autor de Panorama desde el puente y Todos eran mis hijos narraba en una de sus múltiples entrevistas que mientras esa plaga, el fascismo, se apoderaba de Alemania e Italia, dos de las grandes culturas europeas, en Estados Unidos los linchamientos eran frecuentes en el sur del país; en esa época la fábrica de Ford guardaba gas lacrimógeno en el sistema de extinción de incendios por si a los trabajadores se les ocurría hacer una huelga y la policía privada de Ford tenía derecho a entrar en casa de cualquier empleado para ver si vivía como Ford consideraba que debía hacerlo, era una época en que en los hoteles de Nueva Jersey había letreros que rezaban: “No se admiten perros ni judíos”, en que a un barco cargado de judíos a los que Hitler permitió abandonar Alemania no se le permitió atracar en un puerto estadounidense y se le obligó a regresar a Alemania, donde enviaron su carga humana a los hornos crematorios.

Entonces tampoco había policías negros en Nueva York y en el Ejército se daba una rígida segregación. Sobre el maccarthismo pensaba que su razón provenía de la Revolución China: “Fue la que provocó la caza de brujas. Todo el dinero que sostenía el maccarthismo venía de los chinos ricos instalados en Estados Unidos, que fueron perseguidos por la revolución y querían recuperar el poder en China. Pensaban que podía hacerse una guerra entre Estados Unidos y Mao. Así empezó y luego se extendió a toda la sociedad y se centró especialmente en la persecución de los artistas y los intelectuales. Siempre se acaba persiguiendo a los intelectuales. El obrero y el carpintero tienen escaso tiempo aparte de su trabajo para poder hablar tan siquiera con su mujer. Pero el artista habla a la sociedad, al mundo entero, y lo que dice se convierte en un dardo”.

Aunque para Miller en los últimos tiempos la vida política se teatralizó demasiado, sobre todo debido a la televisión, y todo se volvió un escenario y los escritores se han apartado de las obras reflexivas y se dedican más al entretenimiento, consideraba que se debe rescatar la literatura con efecto directo sobre las conciencias y ejemplificaba con Las uvas de la ira, de John Steinbeck, y La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, dos libros que crearon una intensa conciencia moral y que la gente los leía como si fueran la Biblia. De hecho, la novela de Steinbeck estimuló al Congreso de Estados Unidos a aprobar una legislación destinada a mejorar las condiciones en los campamentos de trabajo del Oeste y la de Stowe contribuyó a la cristalización de los sentimientos contra la esclavitud.

Cuando Miller empezó a escribir era el periodo más negro de la Gran Depresión en Estados Unidos. Entonces resultaba imposible escribir ficción o teatro sin hacer referencia a la situación del país. Pensaba que la literatura contemporánea está todavía relacionada con los problemas que se viven pero se eliminó la ideología. Hoy, decía, se le pide a un escritor que haya vivido lo que escribe y se tiene una literatura más existencial, pero también una literatura más simple: muchos libros que se escriben son sólo para pasar el tiempo y las grandes figuras, los que tratan de llegar al corazón de la gente, son los que escriben desde la experiencia, ya no se trata de hablar desde la izquierda o la derecha.

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Considerado uno de los grandes dramaturgos del Siglo XX, Miller prefería el teatro a la novela por tres rezones: “La primera es que así es como funciona mi cerebro. Percibo las cosas en forma de diálogos y también la prosa se trata de una prosa hablada. La segunda es que veo la vida humana como un enfrentamiento, una confrontación entre las ideas y las personas. El teatro permite esta explosión, esta relación. Cuando yo empecé había decenas de piezas teatrales que se convertían en una gran confrontación, el público acababa apasionándose, participando, como si estuviera en una manifestación. La tercera razón para preferir el teatro es que soy un actor que se esconde detrás de la maquina de escribir”.

El teatro del autor de Después de la caída está hecho de detalles, de pequeños gestos: “Me interesan las pequeñas cosas que ocurren en la relación entre las personas. Vemos los grandes problemas de una manera abstracta, pero cuando te acercas a las personas ves que están sufriendo, y eso es lo que he querido reflejar en mi obra”. Hasta antes de su muerte, ocurrida hace una década y a poco de cumplir los 90 años, Arthur Miller vivía un discreto retiro como vieja gloria de la literatura hasta que la nueva puesta en escena de Muerte de un viajante (“Mucha gente sigue creyendo, como Willy Loman, en el sueño americano”) y el estreno de otros trabajos le devolvió a la actualidad. Recién había terminado de preparar su última obra, The Resurrection Blues, que definió tan sólo como “extravagante”.

Su amigo Carlos Fuentes escribió que cuando su fe en la gran nación norteamericana se resquebrajaba, le bastaba voltear la mirada hacia Arthur Miller para renovarla: “La espléndida obra teatral de Miller, toda ella, es una propuesta humana incluyente, un llamado a prestarle atención y darle la mano, precisamente, a quienes no son como tú y yo, a los hombres y mujeres que, gracias a su diferencia, completan nuestra propia identidad. Si William Styron dice que Arthur Miller es el Abraham Lincoln de la literatura norteamericana, yo digo que es un Quijote en el gran escenario del mundo, probándonos una y otra vez que los molinos son gigantes y que la imaginación humana, si no puede por sí sola cambiar al mundo, sí puede, siempre puede, fundar un mundo nuevo y, con esperanza, un mundo mejor”.

Tal vez un mundo nuevo y mejor como el que Arthur Miller quiso crear para Marilyn Monroe pero no lo logró y que al casarse con ella en 1956 realizó el sueño de infinidad de contemporáneos, pero cuyo matrimonio devino en el sustento básico de sus grandes obras: los senderos oscuros, las pesadillas del fracaso, la soledad, el acoso, el sinsentido y su sensación de que nada es para toda la vida.

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