La crónica de Emma Goldman del entierro de Piotr Kropotkin en el Moscú bolchevique de 1921

Felix Población

Este mes de febrero llegará a las librerías Mi desilusión en Rusia, una obra que tuvo una influencia importante en el movimiento libertario internacional, escrita por una de sus figuras más representativas, Emma Goldman, y de la que se dice como promoción que no existía traducción al castellano, aunque es muy probable que sí la hubiera al menos antes de la dictadura franquista.

La revista El viejo topo, cuya editorial publicará el libro, adelanta en el número de este mes uno de los capítulos, el que la autora dedica a la muerte y funeral de otra personalidad fundamental en la historia del anarquismo, Piotr Kropotkin, a quien la anarquista lituana admiraba. Goldman, que viajaría por Rusia durante dos años, después de haber sido deportada de Estados Unidos en 1919 junto a más de doscientos presos políticos, no pudo llegar a ver a Kropotkin con vida por una serie de retrasos en los trenes, pero sí asistió a la masiva manifestación que se congregó a su muerte, pese a las manifiestas discrepancias y enfrentamientos del fallecido con el gobierno bolchevique.

Kropotkin, según Goldman, soportó en los dos últimos años de su existencia una verdadera tragedia, apercibido de la que revolución rusa había fracasado. En ese tiempo intentó hacer entrar en razón a los dirigentes del país en dos ocasiones: protestando contra la supresión de todas las publicaciones no comunistas y contra la bárbara práctica de la toma de rehenes por parte de la Checa. En el otoño de 1920, integrantes del Partido Socialista Revolucionario huidos al extranjero amenazaron con represalias si la persecución comunista de sus camaradas continuaba. El gobierno bolchevique llegó a anunciar que por cada víctima comunista ejecutaría a diez socialistas revolucionarios. Vera Figner y Piotr Kropotkin señalaron que esas máculas era lo peor que podía caer sobre la revolución de 1917. La historia nunca perdonaría ese proceder, subraya Goldman.

La experiencia de la autora en Rusia, ilusionada al principio, quedó marcada después por la decepción, la misma que soportó el príncipe anarquista y otra personalidad más que notable de ese tiempo, Vera Figner, la llamada Venus de la Revolución, de la que también se echa de menos hoy en día -por su larga, azarosa e interesante vida- una traducción de su Rusia en tinieblas: Memorias de una nihilista, publicadas en varias ocasiones en los años treinta.

En este capítulo del libro de Goldman que publica El viejo topo, aparte de darnos cuenta de la masiva concurrencia que asistió al entierro de Kropotkin en medio de un gélido día invernal, Goldman nos habla de las dotes artísticas como pintor del fallecido, así como de sus excelentes facultades y gran talento como pianista, algo que hasta sus amigos desconocían. Cabe preguntarse qué fue de la magnífica colección de pinturas del príncipe anarquista y si ha quedado algún testimonio de la misma después de su muerte el 8 de febrero de 1921.

Cuenta Emma Goldman que el multitudinario cortejo se detuvo ante el Museo Tolstoi de Moscú y un conjunto musical interpretó la Marcha fúnebre de Chopin, escuchada con gran respeto y emoción. “El brillante sol de invierno –concluye Goldman- se sumía ya en el horizonte cuando los restos de Kropotkin fueron bajados a su tu tumba, después de que oradores de muchas tendencias políticas hubieran rendido un último tributo a su gran maestro y camarada”. Quizá la autora quisiera indicar con esas últimas líneas que aquella pluralidad de voces también declinaba como el sol de aquella gélida tarde.

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