Hacia una economía anticapitalista: Esbozos para una vida común desde la autonomía

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Aportación del colectivo GRA al debate de La Apuesta Directa

Nosotras

Hartas del sin-sentido en el que vivimos, estamos entre las que decidimos organizarnos para hacerle frente. Para ello caminamos hacia una vida plena lejos de la que nos proponen el capitalismo, el estado, el patriarcado y en general, la barbarie que nos rodea.

Nos damos cuenta de que sin la reflexión necesaria vamos dando palos de ciego. Es por eso que buscamos en el estudio y debate colectivos sobre el mundo actual y la historia un rumbo imperfecto, pero que nos sirva como punto de partida para irlo enderezando.

Hoy nos encontramos reflexionando teóricamente con un ordenador, pero mañana nuestras herramientas serán una azada, una pancarta o una encuadernadora. Y es la perspectiva de este mañana la que hace que hoy queramos reflexionar. Porque el trabajo de ayer nutre las reflexiones de hoy.

Queremos dejar claro que no estamos dispuestas a posponer nuestros sueños por no habérnoslo tomado suficientemente en serio.

¿Porque hacemos este texto?

Porque creemos en esto. Porque, aunque nunca lo consigamos, vale la pena poner todos nuestros esfuerzos en construir otro mundo mientras hacemos frente a todas las adversidades que nos podamos encontrar en el camino. Estamos determinadas a poner sobre la mesa propuestas fruto de la práctica y la reflexión colectivas que nos sirvan para irlo gestando desde aquí y ahora. Este texto es pues un esbozo para romper con la cotidianidad imperante, que nos deshumaniza y nos mantiene a unos a expensas de la esclavitud de otros.

Pretende ser una contribución para tejer, destripar y esclarecer ideas de como encarar la economía de una manera alternativa, más integradora con la vida que estamos determinadas a vivir.

Creemos que escribir las propuestas que vamos trabajando nos sirve tanto a nosotras, para construir con conciencia y auto-crítica, como a un nosotras en movimiento, para desarrollar una estrategia con visión de conjunto y fortalecer vínculos.

Constantemente nos cuestionamos y queremos compartir nuestras dudas, romper tabúes, debatir de manera abierta sobre la economía que queremos y las limitaciones éticas y sociales existentes. Compartir nuestras reflexiones y proyecciones nos hace mejorar cualitativamente y consolidar nuestras experiencias. A la vez, nos permite ir desarrollando una estrategia para crecer en autonomía y hacer retroceder a las relaciones de dominación y de competición predominantes.

Aún así, estamos lejos de desprendernos de las dinámicas que reproduce la lógica del sistema de dominación actual, puesto que la mayoría participamos de unos hábitos que nos hacen asentarnos en la comodidad mental y el bienestar material. Es por eso que queremos hacer frente al desconocimiento de las potencialidades que nos ofrece la cooperación con nuestros iguales, así como a la falta de propuestas de referencia que avancen hacia la transformación de la realidad vigente.

¿A quién va dirigido?

Esta propuesta va dirigida a todas las que no os conformáis con el estado de las cosas actual y decidís organizaros para construir un mundo nuevo y resistir los embates de la dominación actual. A todas vosotras os animamos a compartir también vuestras prácticas, vuestras perspectivas y vuestros sueños, para que nos ayudemos mutuamente a mejorar.

A modo de introducción

Antes de nada, queremos reconocer la dificultad que comporta poner palabras a nuestras reflexiones y vivencias, así como el uso de una terminología determinada, que, en muchos casos y según nuestro bagaje, puede contener matices determinantes a la hora de compartir o no determinados puntos de vista.

Este texto tiene la intención de profundizar en los aspectos materiales que contribuyen al sostenimiento de nuestras vidas. Con esta definición nos referimos a toda una serie de cuestiones que podríamos situar dentro del término “economía” y, a pesar de ser una definición amplia, preferimos que cada cual incluya dentro de esta esfera aquello que más se ajuste a su propia vivencia.

Entendemos la manera de afrontar la economía como un reflejo de la vida y no a la inversa, es decir, queremos decidir por encima de todo como y bajo qué valores queremos vivir, para después afrontar como sostenernos dentro de esta manera de vivir.

Actualmente, todos los aspectos que conforman nuestras vidas están parcelados y separados (el trabajo, la política, el ocio, la educación…) y en la mayoría de los casos, vinculados a unas prácticas perpetuadoras de la dominación que responden a una misma lógica: no ser amos de nuestra vida, ser un engranaje más de la jerarquía, ser subordinados de una relación de producción, competir para tener ventajas en la lucha por la supervivencia, querer estar en la parte más alta de pirámide de poder, etc…

En cuanto a la economía, a la que se da una centralidad extrema, se basa en la explotación, la especulación, la acumulación y la obtención del máximo beneficio, así como en el consumo desenfrenado de bienes y servicios y en el derroche de recursos; desviándose de lo que podría ser su significado más integral: Poner el énfasis en la vida en común. Para hacer frente a esto, nos hace falta un cambio profundo en la forma de concebir la economía, basándonos más en valores comunitarios, para no ser asimilados por las dinámicas oligárquicas del sistema actual. Cabe decir que la fortaleza de estas

dinámicas es tan grande que se hace complicado desprenderse de ellas. Nos aferramos a una materialidad que se nos presenta como necesaria, lo que nos hace identificarnos con lo que tenemos o podríamos tener. No nos planteamos desprendernos de ella por el riesgo social y personal que nos supone. Nos quieren solas para someter nuestra voluntad con la idea del bienestar. Nos han hecho dependientes del servicio de dominación que nos ofrecen estado y mercado, aislados individualmente sin la necesidad de entendernos ni de ponernos de acuerdo para resolver las cuestiones cotidianas.

En una escala mayor, estas dinámicas se traducen en la economía de mercado, donde juega un papel clave la supuesta libertad de comercio, donde sólo sobreviven los que pisan a los otros, para hacerse más grandes y más fuertes; todo es mercancía traducida en medios, tierras, e incluso personas que se compran y se venden indiscriminadamente.

La rueda sólo gira si se perpetúa la dominación: De los humanos hacia la naturaleza, de los unos hacia los otros… Tanto a nivel global (territorios y países pobres sometidos por los ricos) cómo dentro de las diferentes zonas, encontramos el mismo patrón de explotadores y explotados. La globalización de esta jerarquía que nos ha traído la modernidad, tiene asociada las peores formas de dominación en cada lugar del planeta, y es probable que no tenga precedentes en lo historia humana. Cada vez quedan menos territorios, pueblos, sectores de población y recursos a explotar, y por lo tanto, la competición es cada vez más feroz para poder mantener el ritmo de crecimiento necesario para que el sistema prospere.

Si tal y como afirmó el geógrafo Eliseé Reclus “somos la naturaleza tomando conciencia de sí misma”, la separación de nuestras acciones del mundo natural, es uno del puntos cruciales para la perpetuación de la actual economía y organización demográfica jerárquica. Ignorar la ecología, es ignorar que somos parte integrate de la naturaleza. Es por eso que el proceso de extracción y manufactura de recursos para el sostenimiento de la vida, es inseparable de los efectos que estos procesos de producción generan sobre la naturaleza.

Así, nuestras acciones tienen que ir en todo momento encaminadas a diversificar, ampliar y enriquecer la vida y la naturaleza y todo desequilibrio parcial (espontáneo o generado por la acción humana) tendría que contemplar un plan realizable para su restitución.

Desmontando los mitos históricos que han construido nuestra noción sobre la economía

Uno de los principales mitos creados durante la modernidad, lo constituye la idea de que la moneda se inventó como una mejora de los intercambios, el trueque o el anticipo, habitualmente atribuido a Adam Smith. Diversos autores consideran sin embargo, que está idea es falsa. El mito de que en algún momento remoto de la historia unas vecinas se intercambiaban una docena de gallinas por una cabra seguramente no sucedió nunca. Este hecho también es reconocido a nivel académico por muchos economistas, pero mantienen la tradición de mantener este mito en los libros de texto, porque lo consideran “pedagógico”. Desde la etnografía y la antropología se afirma, que nunca se ha conocido ninguna cultura aborígen que haya practicado el intercambio.

En realidad, la moneda surgió hace unos 5.000 años con la aparición de los primeros proto-estados e imperios agrícolas. El poder militar tuvo la necesidad de gestionar a gran escala el cobro de tributos de los pueblos conquistados (los ciudadanos libres no pagaban impuestos entonces, ya que pagar impuestos quería decir ser subyugado). Esta gestión se formalizó con unos patrones de equivalencia entre todo lo imaginable, los cúales se podían usar para pagar impuestos: Grano, metales, ganado, muebles, etc. La moneda era virtual, un valor respecto a un patrón de referencia que podía ser un capazo de mijo o una onza de plata por ejemplo.

Para apoyar a los funcionarios de los palacios que gestionaban los impuestos y las otras tareas administrativas de los imperios, se fueron formando ciudades. Y en las ciudades se mercantilizaron los servicios para estos funcionarios: tascas, mercados, etc. En este comercio se utilizaba la misma moneda “virtual” del imperio. No se acuñaba moneda física, y probablemente los comerciantes a menudo anotaban las deudas de sus clientes que más adelante se pagaban, por ejemplo, en la época de cosecha del grano,etc. No se sabe muy bien como funcionaba, pero se hace difícil imaginar que la gente fuera pagando el consumo del día a día con capazos de mijo o pequeñas cantidades de plata.

La moneda física surgió más tarde, hacia el año 500AC, y fue otra vez una innovación militar. El acuñar moneda hizo posible pagar a los soldados “en metálico” y obligar a la población a pagar los impuestos en esta moneda. Cómo los únicos que tenían moneda para gastar eran los militares, de este modo se consiguió que toda la población se involucrara en alguna parte de la logística militar. Para obtener la moneda necesaria para pagar impuestos había que ofrecer algún producto o servicio que el ejercito necesitara: armas, transporte, alimentación, servicios sexuales, etc. Esto liberó a los gobiernos de la gestión de todas estas tareas.

El uso de la moneda física para los intercambios entre la población es mucho más moderno. A menudo durante la edad media los monarcas requisaban todas las monedas para re-acuñarlas y la economía continuaba funcionando igual. La mayoría de la moneda continuaba siendo virtual, los comerciantes se apuntaban las deudas de los clientes para saldarlas en el futuro.

El concepto de trueque o anticipo es incluso posterior. Aparece en casos traumáticos donde una población que está acostumbrada a funcionar con moneda, de golpe no la tiene. Por ejemplo en las prisiones o después del colapso de la economía en Argentina.

Es decir, la historia es inversa a la que se explica a los libros de economía: primero aparecieron las monedas virtuales, después las físicas, y finalmente el trueque o anticipo.

Entender esta falsificación de la historia nos ayuda a comprender que el comercio no es una pulsión básica, universal, innata de las personas tal y como nos quieren hacer creer. En realidad, hasta que las diversas poblaciones del mundo no fueron subyugadas por las armas, eran completamente ajenas a la idea de comercio. La economía se gestionaba bien de manera comunal, con recursos comunes, o bien con recursos privados de cada unidad familiar, o bien mediante una combinación de las dos. Estos vínculos iban formando e institucionalizando un espíritu de ayuda mutua, donde el hecho de ayudar al otro va cogiendo la categoría de compromiso moral.

En contraposición a estas culturas populares, la idea del comercio formal, reglado, con intereses, destruye todo sentido de comunidad. Al tabular los valores de cada cosa y pagar la cantidad exacta que “vale” un producto o servicio, se favorecen las relaciones anónimas. Al darle un valor al tiempo, los intereses, ayudar a una persona deja de ser un acto de generosidad para convertirse en necesidad, en un instrumento de poder que se aprovecha de la debilidad circunstancial de la persona, para a menudo, endeudarla para siempre y que se así se convierta en esclava.

A lo largo de la historia estas dos concepciones opuestas de la economía han convivido en diferentes equilibrios de fuerza: a más relaciones comunitarias y de ayuda mutua, menos presencia del dinero y del valor de cambio, y viceversa.

Recuperemos la cotidianidad que queremos

Aunque reine un tipo de economía destructora de los valores comunitarios, nuestras vidas y relaciones cotidianas están rodeadas de innumerables muestras de afectos y acciones de ayuda mutua desinteresada, un principio sobre el que se ha edificado la vida, mucho antes de que la dominación hegemónica aconteciera. Abuelos, hijos y nietos que se apoyan bajo el mismo techo, amigos que se ayudan cuando tienen problemas emocionales, compañeras de trabajo que se apoyan para hacer frente a la explotación que reciben, el amor y el cuidado incondicional hacia los hijos, los que cuidan de los que no se valen por sí mismos,…

Esta cotidianidad es la que queremos potenciar. Es por eso que hemos decidido ir dotándonos de espacios de convivencia, donde compartir miserias y proyecciones, donde hacer comunidad arraigados en el territorio: desde aquello cercano, hasta aquello más lejano y global. Poniendo todos los aspectos vitales en común, queremos romper con la parcialización que se nos impone desde fuera, romper con las tendencias exclusivistas de las tribus urbanas de las que hemos formado parte, para así volver a recuperar el sentido de la vecindad, compartir y poner en común con aquellas que, como nosotros, viven a nuestro lado.

A la vez que decidimos poner la vida en el centro, nos encontramos las dificultades que comporta cuidarnos y cuidar de nuestras compañeras de vida, grandes y pequeñas, de las carencias éticas y de actitud que nos impiden dar incondicionalmente sin esperar sacar rentabilidad individual en cada momento. Así mismo, apostamos por replantear la economía en el marco de la vida comunitaria y recuperar los medios para sostenerla autónomamente.

Algunas, a esto, le podemos llamar crear centros de resistencia, otras, vivir la revolución ahora… nosotras a menudo usamos el término “transición”. Apostamos por una transición donde vayamos ensayando y extendiendo las diversas propuestas que hacemos, sin que esta idea sea una excusa para dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Por el contrario, entendemos que la transición es justamente el camino en el que los hitos son también medios, campo de experimentación para acertar y equivocarnos, y construir el destino de nuestras vidas.

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Transición hacia una economía comunal

A las cuestiones de si hay vida más allá de la modernidad capitalista, si la organización de la sociedad se puede desarrollar más allá de la imposición violenta del Estado y si nuestro sostenimiento se puede garantizar al margen del mercado-salario, nosotros respondemos que sí. La historia es un gran río de acumulación de experiencias, saberes y avances éticos, técnicos y espirituales, que constituyen la muestra inequívoca de que la comunidad humana basada en los cuidados y en los afectos, ha estado presente a lo largo de la mayor parte de lo historia, a pesar de las instituciones jerárquicas de dominación, que han ido contra ella.

Todas las personas tenemos la necesidad de garantizarnos unas condiciones mínimas para vivir y disfrutar nuestra existencia, ya sea si lo hacemos por nuestra cuenta o si nos asociamos para hacerlo posible. Si no vivimos de rentas, privilegios heredados ni nos aprovechamos de la plusvalía de otros, la dedicación para garantizar nuestras condiciones materiales tiene que ser directamente proporcional a aquellas de las que hemos decidido disfrutar, o de otro modo, aquellas de las que no nos queremos desprender. La cuestión determinante es, de qué manera lo hacemos y qué pasos damos para que estas condiciones materiales, este “bienestar”, se pueda lograr cooperando y no compitiendo, construyendo comunidad y no aislándonos, comunalizando nuestra existencia y no vendiéndola a las instituciones de poder.

Ahora mismo, muchas nos encontramos en multitud de contextos donde somos partícipes de relaciones económicas que perpetúan dinámicas dominadoras, cosa que en muchos casos nos provoca frustración tendiendo a pensar que no estamos siendo coherentes…

Creemos frente a esto, que nos puede ayudar el hecho de clasificar de alguna manera cada tipo de relación económica que establecemos, para discernir el nivel de contradicción según la interacción con la realidad que nos toca vivir, sin olvidar que tenemos la voluntad de tender hacia aquello más común e impulsar iniciativas que nos lleven hacia su consecución.

Con las siguientes esferas, hemos querido definir o catalogar algunas de las dinámicas o iniciativas con las que nos encontramos en nuestra cotidianidad y que nos pueden ayudar a identificar ciertos objetivos parciales en nuestro proceso de elección y de cambio. La voluntad de transitar apuntaría a tender hacia las primeras iniciativas de cada esfera, siendo conscientes de que hoy en día, a menudo tenemos que coexistir con casi todas ellas:

 A/ Esfera cualitativa: ¿qué tipo de relación económica establecemos?

1. Economía del regalo o del compartir: prevalece el apoyo mutuo, no existe equivalencia entre lo que damos/recibimos y la contabilidad pasa a un segundo plano. Cada cual según sus posibilidades y a cada cual según sus necesidades.

2. Intercambio social: se establece una equivalencia para contabilizar los intercambios, mientras existe un control directo y reconocimiento mutuo a la hora de establecer un acuerdo. La propia acción de intercambio es generadora de vínculos sociales.

3. Transacción mercantil: hay una relación desigual entre el contratante y el contratado, ofertante y demandante, y las condiciones de compra/venta están preestablecidas. Ambas partes son en general desconocidas.

B/ Esfera geográfica: ¿a qué distancia o proximidad territorial?

1. Local. Vecindad, comercios familiares y mercados locales.

2. Regional. Mercados y empresas regionales o iniciativas afines con objetivos

compartidos.

3. Global. Mercado competitivo.

 

C/ Esfera de la intencionalidad: ¿con qué intención se desarrollanlas relaciones económicas?

1. Priorizar el hecho de compartir y redistribuir excedente hacia la comunidad una vez cubierto el auto-sustento.

2. Sostener únicamente las propias necesidades, independientemente de quales sean estas.

3. Hacer negocio y acumular ganancia.

 D/ Esfera de gestión: ¿qué tipo de vínculo existe en relación a la participación en el trabajo?

1. Horizontal-igualitaria, donde todos los miembros tienen los mismos derechos y deberes, voz y voto, y cada cual participa según su voluntad y capacidades.

2. Familiar-jerárquico, donde existe un vínculo, además de un rango de jerarquía por cuestiones familiares, bagaje o longevidad, un poder en desequilibrio a pesar de existir un respeto mutuo y una cierta capacidad de decisión. Podrían ser los vínculos de maestro/aprendiz jerárquicos.

3. Piramidal, sólo existe una relación contractual de empleado, con capacidad de decisión limitada a las funciones del cargo.

 

¿Cómo tendemos hacia algo más comunitario?

A/ Vivir con menos y poner en común

Tenemos muy interiorizado el hecho de buscarnos la vida individualmente en el “mercado laboral”. Mientras algunos están mejor posicionados, la mayoría precarizamos nuestras vidas, dedicando un enorme esfuerzo que sólo alcanza para reproducir las dinámicas de consumo hegemónicas. Esta autoexplotación permanente o intermitente (según los periodos de paro) se experimenta mientras intentamos llevar a cabo acciones puntuales y a veces periódicas que realizamos para afrontar los excesos de la violencia estatal o para extender la propaganda y la agitación en nuestros entornos. Las campañas antirepresivas, comidas o cenas populares, las distris y el merchandising etc… y sobre todo, las fiestas “populares” configuran este panorama recaudatorio que rápidamente vuelve a alimentar al sistema a través de las multas, el alcohol u otros consumibles que nos ofrecen empresas y multinacionales. Recordamos que el dinero recaudado viene de nuestra explotación en el mercado laboral, lo recogen nuestras compañeras y vuelve al mercado. ¿Que podemos hacer para interrumpir este círculo vicioso?

Podemos empezar por poner en común nuestras vidas, partiendo de nuestras posibilidades y de las que nos ofrezca el entorno. Esto no quiere decir que hayamos de vivir todas juntas bajo un mismo techo; pero sí que tenemos que buscar los medios que nos permitan generar las condiciones para ir compartiendo progresivamente más y, así, hacer un uso cada vez más eficiente de los recursos: cuánto más tiempo está inmovilizado o inutilizado un recurso, menos favorable es para nuestra autonomía.

Compartir recursos, es compartir la economía, y compartir nos lleva a preocuparnos y cuidarnos las unas a las otras, ampliando el espíritu comunitario y la cultura del compartir.

Para que todo este cambio que proponemos salga adelante, creemos que es fundamental hacer una apuesta profunda por la simplicidad voluntaria, tanto a nivel individual como a nivel colectivo y reducir dentro de lo posible las necesidades materiales para poder aumentar las inmateriales, como el cuidado o la estima mutua. Vemos imposible proponer cambios profundos sin cuestionar el modelo de vida y de consumo.

B/ Zona de autogestión local (ZAL): catalizador del transitar

Pensamos que nos hacen falta proyectos locales arraigados en el territorio, que integren la autogestión material, la recuperación de comunidad y la re-localización; dispersos por el territorio pero conformando una comunidad amplia. Estos nos permitirán experimentar y vivir la autonomía (no sólo pensarla), que es la forma básica de entenderla, asumirla y comunicarla, tanto por la parte económica cómo por cualquier otro aspecto de la vida.

Pensamos que hoy en día ya existen zonas que de alguna manera están empezando a funcionar con esta visión, en este caso lo que proponemos es fortalecerlas y ampliarlas.

No paramos de ver compañeras que, solas ante la injusticia actual y sin un tejido que dé sentido integral a sus luchas, optan por reducir drásticamente su compromiso, acomodándose en el estilo de vida que fomenta el actual sistema o directamente rindiendose.

Es por eso que queremos que estos espacios nos sirvan para juntarnos y hacernos fuertes, pero sin convertirse en ghetto. En este sentido, vemos fundamental estar arraigadas en nuestros barrios y pueblos, tejiendo relaciones entre gente diversa.

La ZAL estaría formada por un conjunto de comunidades y personas de una misma zona, que deciden poner en común una parte importante de sus vidas, para construir una forma de vida en el marco de la autonomía (en todos los aspectos, incluyendo el material).

Algunas de las propuestas materiales concretas para estas zonas serían:

Compartir la economía, o mejor dicho, generar una economía que fomente el compartir:

Algunas experiencias que estamos viviendo y que nos están funcionando (con todas las imperfecciones que siempre nos acompañan), son las economías comunes. Estas se dan normalmente en colectivos en que se comparte tanto convivencia como proyecto político.

El funcionamiento es muy sencillo: todo lo que ingresamos lo ponemos en un bote y de aquí cubrimos los gastos comunes, incluyendo la compra y el mantenimiento de medios de producción y de nuestras luchas, además de lo que cada cual necesite para vivir. De este modo integramos y formalizamos un funcionamiento basado en el compartir. Cada cual coge los recursos según sus necesidades y aporta según sus posibilidades.

Conocemos muchas variantes de esta propuesta; con sueldos iguales en vez de que cada cual escoja cuanto necesita, con aportaciones dependientes del trabajo realizado… En la medida que tengamos confianza y aprecio creemos que vale la pena priorizar aquellas prácticas donde la confianza sea el pilar, donde cada cual vea lo que puede aportar/necesitar y no prefijarlo con sueldos o aportaciones iguales.

– Colectivizar para más adelante comunalizar bienes:

Creemos que es muy importante ir generando espacios comunes o comunitarios y fortalecerlos. En el ámbito material apostamos por ir colectivizando tanto medios de producción como fincas, que inicialmente pertenezcan al conjunto del colectivo que lo gestiona, pero que a la larga, si surge una comunidad más amplia en la zona (una zona de autogestión local), que esta se convierta en propietaria. Así, si por ejemplo tenemos un molino de piedra, primero sería del colectivo que lo gestiona, podría ser de un conjunto de comunidades que se autoabastecen (ZAL) si existiera y finalmente, del conjunto de vecinos y vecinas organizadas horizontalmente en la zona, en el supuesto de que haya un espacio con estas características (comunal). Que sea de propiedad comunal o de la ZAL quiere decir que: Es desde aquí desde donde se decide quién tiene asignada su gestión, que puede estar en manos de personas o colectivos que en el caso de marchar de la zona o que no lo gestionen con perspectiva de mirar por el común, se les puede retirar el uso para darselo a otros que si que estén dispuestos a hacerlo. Esto nos sirve también, para prevenir futuras posibles privatizaciones de aquello colectivizado y asegurar el uso para el común. También se podrían crear cooperativas de crédito en nuestras comunas y ZAL, que puedan ser más o menos formales, puesto que la economía colectiva de un proyecto, al fin y al cabo actúa como una cooperativa de crédito, donde ponemos los recursos de todas las personas del colectivo y entre todas decidimos que hacemos con ellos. Este funcionamiento se podría extender a grupos de personas más amplios, juntando la totalidad o parte de los recursos monetarios de varias personas y proyectos de una zona de autogestión local y cediéndolos a otros proyectos de la zona.

C/ El problema del dinero: maneras de obtener recursos

El dinero que impregna nuestra cotidianidad y mediatiza nuestros actos diariamente, es también un medio para lograr nuestros objetivos. Accedemos a él vendiendo nuestra fuerza de trabajo, mediante subsidios, expropiaciones o diferentes privilegios. Nuestro propósito es extraer el máximo de recursos del sistema para dotarnos de medios para ir consolidando las estructuras que sostengan nuestras vidas, prestando atención a qué dedicación le damos a esta actividad, la naturaleza de la misma y claro, el uso que les damos a estos recursos.

Siempre nos han dicho que “robar está mal”, pero cuando tomamos conciencia del mundo en el que vivimos, nos damos cuenta de que esta aseveración es en realidad una doctrina moral que pretende mantener los privilegios y los bienes que acumulan los ricos. Así mismo, sufrimos un robo sistemático de nuestra energía, la salud, el tiempo, el alma y el propio hecho de estar vivos, de los que dirigen la producción (estados y empresas) hacia los que somos esclavos suyos, lo que les permite perpetuar un reparto desigual e injusto de la riqueza. Del mismo modo, las leyes están hechas para favorecer los intereses de unos pocos, generando grandes dificultades para poner en marcha proyectos que pueden favorecer la autonomía de las personas. Nuestra ética nos dice que no podemos vivir del robo, ni robar entre iguales, pero que la expropiación a entidades oligárquicas se puede poner al servicio de la autonomía (valorando el beneficio según los riesgos), como son tierras abandonadas o en desuso, maquinaría inmovilizada u otros excedentes acumulados que no estén respondiendo a las necesidades de la población. Con la misma finalidad, no nos avergonzamos de colectivitar los subsidios del Estado, paros, pensiones u otras pagas, o pagar los mínimos impuestos posibles (desobediencia económica), puesto que de otra manera, alimentan un presupuesto sobre el que no tenemos mucho a decir y que se articula a través de unos ministerios piramidales que en general, favorecen el adoctrinamiento y la dominación. En síntesis, proponemos extraer el máximo de recursos del Estado y otras entidades oligárquicas para revertirlos al común, donde de manera directa y sin tutelajes, podamos decidir que hacer con ellos.

Por otro lado, los ahorros individuales, las herencias u otros privilegios, pueden alimentar procesos de construcción colectiva. A menudo nos encontramos que el impedimento más grande es la falta de confianza y el miedo en relación a las compañeras y los proyectos en los que estamos involucradas. Por eso creemos que hay que superarlo generando proyectos sólidos y relaciones de aprecio y apoyo mutuo. También pensamos que a medida que vayamos generando zonas con estructuras de vida comunitarias, es posible que gente del nuestro entorno también se anime a contribuir aportando recursos para impulsarlos.

También, existen en todo el mundo numerosas organizaciones filantrópicas (principalmente en países de alto poder adquisitivo) que destinan fondos a “causas sociales y medioambientales” y que no representan ningún peligro para la autonomía de nuestras iniciativas, siempre y cuando se responda a una necessidad concreta y con objetivos previamente establecidos por nosotros mismos, la cantidad a recibir esté definida y por tanto, no sea indefinida en el tiempo, quien financie no fiscalice ni altere los acuerdos tomados por el colectivo y que no exista obligación de realizar propaganda de la entidad.

Así pues, apostamos por poner sobre la mesa el tabú del dinero y hacer un uso responsable, ético y colectivo de él, sin derrocharlo ni usarlo respondiendo a un interés particular, reconociendo que es un medio central hoy. Paradójicamente, a menudo necesitamos de dinero para dotarnos de los medios que nos permitirán ser menos dependientes al ir reduciendo nuestra relación individual con él, para ponerlo al servicio de nuestras colectividades.

Acabar con la economía de mercado

La economía de mercado impregna casi todos los rincones de nuestra existencia. Las dinámicas del capitalismo llevan a mercantilizar cada vez más esferas, con ejemplos como el del agua, la energía, la tierra, incluso el aire, mediante los “bonos” de CO2.

La famosa “mano invisible” que supuestamente regula los mercados, es claramente una estafa. Las élites aprovechan su posición de poder para acumular información, poder y recursos, y con esto conducen el mercado en su beneficio. Una prueba es la creciente acumulación de poder económico cada vez en menos manos, donde muy pocas empresas se reparten el mercado mundial, como en el caso del sector de la agroindústria.

Por el contrario, la economía que queremos es aquella que se sustenta en las decisiones de las propias comunidades auto-gobernadas. Nuestra propuesta es que estas, por voluntad propia, directa y autónoma, evalúen sus necesidades, sus voluntades, determinando por qué, como, qué y para quién producir. En estas comunidades tiene que poder participar todo el mundo. Esta economía democrática, puede contemplar evidentemente mercados municipales o regionales, donde lo que se reproduce no es la mercancía como propiedad, ni el interés particular como finalidad, sino la creación de un valor de uso (valor en relación al esfuerzo destinado y a lo que puede aportar socialmente cada uno, no al precio que le da un mercado) y vínculos humanos sustentados en relaciones de afecto mutuo. En estos mercados podrían ser distribuidos sobre todo bienes previamente catalogados como no-básicos, para no comercializar con productos de primera necesidad.

La propuesta más concreta en una zona, consistiría en visualizar las necesidades que tenemos como población, ir generando un tejido productivo cooperativo que pueda abastecernos y, paralelamente, asambleas en los pueblos y barrios, para que sean estas las que asignen la gestión de los grandes recursos de los que disponemos: bosques, ríos, maquinaria, infraestructuras… Creemos que hay que pensar en mecanismos de coordinación para evitar la competición y la guerra de precios, puesto que conocemos muchos proyectos cooperativos que, inmersos en la economía de mercado, han acabado auto-explotándose y convirtiéndose en una pieza más del engranaje.

Por otro lado, vemos claramente como, en general, el trabajoa asalariado nos aleja de preguntarnos que queremos hacer y con que objetivo, encontrándonos inmersos en trabajos que lo que hacen es aportar más poder y recursos a las élites, precarizando y desempoderando cada vez más a las capas bajas de la sociedad, agravando así los problemas presentes en la sociedad en la que vivimos. Por el contrario, podríamos organizarnos para trabajar colectivamente dentro de nuestras comunidades, fortaleciendo lazos de compañerismo y que, el hecho de conseguir un salario para vivir, no esté absolutamente separado de la actividad de nuestras comunidades. Queremos apostar por un trabajo que encamine todo nuestro potencial creativo hacia la comunidad, realizando tareas que aporten al bien común, nos vinculen entre nosotros y dejar de contribuir con nuestro trabajo a que el capital continúe expandiéndose y perpetuando su barbarie.

Al margen de este horizonte de abolir el trabajo asalariado, somos perfectamente conscientes que nos hace falta un proceso de transición. Por un lado, algunos trabajos pueden ser clave para poder sacar información relevante, también pueden servir para hacer difusión de un nuevo mundo desde puestos de trabajo públicos o científicos, y finalmente, para extraer recursos y financiar medios de producción para nuestros proyectos. Pero en el supuesto de que veamos que por alguna razón el trabajo que realizamos no es estratégico, pensamos que valdría la pena intentar minimizarlo al máximo, optando por vivir con simplicidad voluntaria, gastando los mínimos recursos en el exterior. No nos hacen falta proclamas sobre la abolición del trabajo asalariado, la propiedad privada, el dinero y el interés. Nos hacen falta actos y acciones colectivas que nos permitan constituir formas estables de sostenernos, cooperando y estimándonos y no sometiéndonos los unos a los otros.

Cooperativismo popular

Estamos convencidas de que las cooperativas pueden ser una pieza muy importante de esta propuesta de transición, puesto que favorecen un funcionamiento horizontal y a menudo producen bienes y servicios con una perspectiva empoderadora. Aún así vemos algunos peligros. Se pueden enumerar gran cantidad de casos de cooperativas que nacen con una voluntad de transformación de raíz de la sociedad, pero que debido a las reglas de competencia de la economía de mercado en la que estamos inmersos, se ven avocadas a ser a una empresa convencional más, reduciendo o minimizando cualquier finalidad social que pudieran tener, a la viabilidad que el mercado les permite. Los mecanismos de cooptación del sistema son sutiles y muy eficaces: por un lado el hecho de tener que competir en calidad y precios, puede hacer que tengan que vender más barato, precarizando el propio trabajo; la falta de ventas o financiación les puede llevar a hacer trabajos que no se pensaban realizar; la falta de recursos puede llevar a aceptar subvenciones que hagan trabajar legitimando instituciones dominadoras… Otro peligro es que, a pesar de que la gestión de la entidad sea horizontal, no lo es la participación de los consumidores. Esto a largo plazo, puede conducir a tener en cuenta las necesidades propias y no las de la comunidad en su conjunto.

Para revertir esta situación, pensamos que es necesario juntar las esferas de la vida económica y política (producción, creación, planificación, deliberación, decisión), vinculando las cooperativas con asambleas populares de barrios o pueblos, siendo estas las que tomen las decisiones estratégicas de que, como y para quién producir y que sea la cooperativa la que dirige los asuntos más técnicos del día a día. En el caso de que no existan asambleas de este tipo, la entidad o conjunto de entidades más aglutinadoras que compartan una estrategia comunalizadora en la zona, pueden asumir este papel. Además se deberá tener en cuenta que estas cooperativas responderán al nivel correspondiente de toma de decisiones (vecindario, pueblo, ciudad, región, etc…), según el grado de complejidad, las particularidades del territorio, la demanda y los límites o la viabilidad del bien a crear.

Vemos como una herramienta interesante la coordinación “gremial” entre cooperativas del mismo ámbito de creación, desde donde compartir estrategias, herramientas, aprendizajes y habilidades entre ellas. Esta coordinación podría llegar a ser todavía más fuerte unificando en una sola entidad todas aquellas cooperativas de un mismo gremio para que las ventas se puedan realizar de manera conjunta y abolir así cualquier posibilidad de competencia. Pensamos que esto es posible también manteniendo la producción repartida por el territorio, con todas las ventajas de gestión común que esto supondría (compra de materiales conjunta, única comisión de ventas, mecanismos internos para invertir y optimizar la producción…). Siempre, eso sí,siguiendo la premisa anterior, para que estos gremios no se conviertan en lobbies desarraigados de las comunidades, como pasa en la actualidad.

Conclusión

Vemos que todos los temas que hemos abordado se podrían ampliar mucho más, pero esta tarea queda de momento para futuros textos. También queremos dejar claro que este texto no es un punto y final, sino un punto de partida en construcción constante. En este sentido, nos proponemos para debatirlo y compartirlo con quienes quiera y tenga ganas.

También queremos comentar que este texto ha sido fruto de un trabajo colectivo, en el que hemos participado varios miembros del Grupo de Reflexión para la Autonomía. Además, estas reflexiones se alimentan de los encuentros en los que gente diversa estamos pensando conjuntamente la autonomía y como dotarnos de infraestructuras libertarias. Partimos de nuestra propia experiencia, así como de la de la gente que camina a nuestro lado, para combatir en favor de otra vida.

Por cualquier sugerencia, aportación o critica podéis escribir a: gra@pimienta.org

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS

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