Entre ser colgado en el puente o permanecer en el olvido de la fosa: Disertaciones sobre la “Guerra contra el Narcotráfico”

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Dedicado a los 43 compañeros de Ayotzinapa,

a los luchadores sociales desaparecidos por el Estado y sus grupos de crimen,

y a todos los inocentes caídos en la “Guerra” contra el Narcotráfico.

“Es el trabajo de la gente pensante

no estar en el lado de los ejecutores”.

Albert Camus

Demián Revart

I: El exterminio silencioso y normalizado

México hoy es un cementerio, pero no de forma metafórica; es una fosa clandestina. Recordar las fosas comunes de la Europa pandémica del siglo XIV tras la peste negra o del holocausto judío en el XX no es generarnos imágenes tan lejanas a la situación mexicana actual, sus habitantes tienen dos formas de ‘pasar al otro mundo’: debiendo lo intereses de una funeraria y que su alma deambule en el Limbo; o, enterrados, desmembrados, colgados o embolsados en las cercanías de la carretera o un canal de aguas puercas.

¿Por qué hablar del fenómeno del narco-Estado? Inspirados los nuevos movimientos sociales de Latinoamérica en los resultados jurídicos de las organizaciones de derechos humanos que trabajan de forma independiente al Estado y tras el antecedente histórico de la Doctrina de Seguridad Nacional en vísperas de la Guerra Fría o tras todos los crímenes perpetrados por la Operación Cóndor (plan de coordinación en América Latina y financiado por E.U. para combatir todas las vindicaciones de la izquierda comunista, guerrillas y grupos subversivos entre 1970 y 1980) se torna asequible explicar que cuando un Estado-nación dictamina a través de sus distintos poderes el combatir las diversas formas de “ilegalidad” y control territorial, en realidad estará incentivando adherirse a esa ilegalidad que representa tortura y exterminio para la sociedad en general.

Desde principios del siglo XX, principalmente en el triángulo Durango-Chihuahua-Sinaloa, se ha cultivado la amapola y la mariguana por influencia de la inmigración china, productos que se fueron extendiendo principalmente en el norte del país y hacia Estados Unidos. El narco no es algo tan “novedoso”. Durante la Segunda Guerra Mundial, el comercio de cocaína y mariguana se acrecentó por la compra masiva de estas sustancias por las bases militares estadounidenses, lo que haría que gran cantidad de campesinos comenzaran a cultivarlas más y más. En la década de los 60’s, las primeras familias del narco comenzarían su incursión en la política nacional, el ejemplo más claro es el de decenas de funcionarios de la ya extinta Dirección Federal de Seguridad (fundada en el sexenio de Miguel Alemán Valdés y que a principios de 1970 comenzó la incursión contra el narcotráfico) que en lugar de sancionar a los líderes de los cárteles, realizaron negocios y especulaciones con el comercio de narcóticos. La “guerra contra el narco”, tampoco es algo novedoso.

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El incremento de la militarización es una consecuencia directa que se observa en todo el país, pero con mayores focos en los estados del norte y sur del país.

Con la llegada de Felipe Calderón a la presidencia nacional se daría un fenómeno de porte tan transparente (así como la obra homónima de Carlos Fuentes) que resulta difícil creerlo en carne propia: una real “Guerra contra el Narcotráfico” y el aumento de la pobreza durante el sexenio. El primer embate de escala nacional ha provocado aproximadamente 121, 683 muertes violentas [1] y la segunda, políticas que orillan a 15.9 millones de habitantes a la pobreza que antes del 2006 no sufrían [2]. Conocer las tácticas de operación de los cárteles del narcotráfico, es conocer una de las facetas más inhumanas y viscerales de todo el mundo: la faceta del auto-exterminio. Cabezas rodando, miembros amputados, cuerpos colgados en los puentes, cadáveres en botes con ácido, sangre brotada en las carreteras, cartuchos de calibre .14 y rostros desollados…

La táctica maestra de los carteles que dominan el territorio nacional es sencilla: el miedo. Pocos investigadores y periodistas se han dedicado a realizar trabajos críticos sobre este tópico, por –precisamente- el miedo de ser amenazados o asesinados por el narco. Esta violencia silenciazada contra grupos enemigos y afectando muchas veces a individuos que no tienen algo que ver con la disputa territorial, es para decir “aquí mandamos nosotros y se chingan”. Las fosas clandestinas o los colgados son imágenes que ellos quieren dejar en la psiqué de quien se atreva a cuestionarlos o intentar quitarles la plaza.

¿Por qué debe ser algo preocupante para todos? En mayo de 2016, a Acapulco (uno de los sitios que considerábamos de los más bellos para desestresarnos de la rutina del tiempo-ciudadano) se le adjudicó el nombre del “Irak Guerrense” en una de las investigaciones periodísticas más completas y polémicas de la Revista Proceso; el nombre refiere a que sólo en 2015 acaecieron más de 1200 asesinatos en los barrios y periferias de la zona [3], un número mayor a los cadáveres del país de medio oriente en un lapsus de tiempo de semejante. Eso de que nuestros niños digan –entre chascarrillo y muecas- que su sueño es ser narco, nos alerta sobre violencia normalizada que impera cotidianamente.

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La pregunta obligada es: ¿por qué esta guerra contra el narco no es efectiva? La respuesta tiene distintas respuestas secundarias –valga la redundancia- a considerar: 1) porque es la continuación de toda la simulación política que se ha tenido desde la década de los 70’s, 2) porque existen vínculos estrechos y económicos entre grandes figuras políticas y los cárteles, al grado de generar macro-economías que rebasan los marcos institucionales, y por ende, se desconoce exactamente la influencia que tienen en la política fiscal de México, y 3) de una manera más ética… ¡porque las guerras siempre asestan golpes y exterminio en la sociedad civil!

¿Por qué hay tanta violencia entre cárteles? Simple, por la disputa armada por los mercados a nivel internacional, principalmente con Estados Unidos. El narco no es un negocio, sino una guerra que da vida al capitalismo contemporáneo. Veamos una de las principales fisuras en la historia del narco. Ante la política estadounidense del conservador Ronald Reagan, “opositor” al tráfico de estupefacientes en 1989 [4], el capo Miguel Ángel Félix Gallardo “El Padrino” (el “jefe” del negocio a nivel nacional en ese entonces, líder del Cártel de Guadalajara y uno de los primeros en establecer lazos con el Cártel de Colombia para distribuir cocaína hacia Estados Unidos) fue detenido y comenzó a oler “la ruina de su monopolio”. En la cárcel, siguió dirigiendo al cártel desde un teléfono celular hasta que fue trasladado a un penal de máxima seguridad. Lo que no esperaba, es que uno de sus fieles colegas de nombre Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”, trasladaría parte del negocio a Sinaloa y fundaría el Cártel de Sinaloa, mientras los hermanos de Miguel Ángel se fueron a Baja California Norte y fundaron el Cártel de Tijuana, creando una rivalidad enorme y sanguinaria.

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El poder económico de los narcotraficantes es parte esencial en las transacciones del capital de hoy en día, es por ello que varios de estos se conforman por exmilitares y paramilitares profesionales con el fin de defenderse territorialmente ante la mano administrativa del gobierno federal; infundir miedo entre las comunidades más vulnerables a ser ultrajadas y para el imaginario colectivo, colaborar en un show de “defensa nacional” cada vez que se formulan pactos entre la mass-media y los gobiernos locales (¿ya se olvidaron del complejo mediático de El Chapo Guzmán?).

Este título tan repetido de “guerra contra el narcotráfico” no es más que una representación veleidosa y electrizante (por eso de la Doctrina del Shock de Naomi Clein) de la verdadera masacre.

II: El narcotráfico no es enemigo del Estado mexicano, sino una extensión de las contradicciones generalizadas de este mismo

Los capos ya no sólo desaparecen a sus enemigos de frontera, sino que también lo hacen con los luchadores sociales y todo individuo opositor a los distintos regímenes estatales, el Estado mexicano se cimienta en pactos tan informales e ilegalizados entre políticos y líderes del crimen organizado. ¿Ejemplos directos?, la participación conjunta entre el ejército, los tres niveles de la policía e integrantes de grupos criminales en la Masacre de Iguala el 26 de septiembre de 2014, provocando la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, 9 muertos y 17 personas heridas; o el ‘levantón’ y asesinato de 8 activistas en Actopan, Veracruz, que se oponían a mega-proyectos mineros en la zona en agosto de 2016 [5].

¿Por qué tiene que incluirse al narco dentro de la estructura homicida del Estado mexicano? No pretendo generar apriorismos, pero mantener subordinado a un pueblo y bajo tal o cual orden político, resulta más sencillo cuando su población se minimiza; cuando los núcleos criminales se alían entre sí; o en nuestro caso, cuando los luchadores sociales son aprisionados, desaparecidos o asesinados por la policía o los grupos del crimen. En un capítulo de mi Hermenéutica de las Prisiones, abordo la importancia de que “los 43 de Ayotzinapa no tienen que ser vistos como el ad misericordiam del movimiento nacional, sino como el precedente activo de los antagonismos entre los gobernados y el narco-Estado”.

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Comunidades zapatistas marchan en solidaridad con Ayotzinapa, 2014.

Cuando hay estudiantes presos o violentados de las principales universidades en la Ciudad de México, todo el mundo llega a enterarse, su rostro es twitteado masivamente y se realizan marchas, mega-foros y mil actividades artísticas para denunciar dicha tragedia, ¡lo aplaudo y me he unido a ellas! Pero, ¿qué sucede con los demás estados del país? Entre el 2000 y el 2014, han sido asesinados por policías y grupos criminales 102 periodistas, 61 defensores de los derechos humanos y centenares de luchadores indígenas pertenecientes a organizaciones independientes y democráticas, todo esto en los estados de Veracruz, Chiapas, Oaxaca y Guerrero. No queremos caer en el número como símbolo de agresión, sino enfatizar que el exterminio silencioso se va destapando de forma paulatina, pues la misma decadencia de las “instituciones encargadas de la justicia” conlleva traicionar sus propios principios, haciendo del exterminio de su propio pueblo una forma entendible (pero de una contradicción tan enorme) de legitimarse en el poder.

Las torturas, las desapariciones forzadas y las ejecuciones extrajudiciales caen en un patrón endémico y sistemático de impunidad: la represión es logística pura entre el Estado y sus extensiones, como el narcotráfico.

Hasta que el individuo deje su alienación y tome justicia por su propia mano, que interprete una sinfonía de ruido ante los oídos recostados en el desconocimiento de este infierno, lo único que será forzado a desaparecer será la angustia de vivir en este país de criminales.

Un estudiante de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, yace muerto en la Carretera de El Sol, tras ser abatido a tiros por policías y vestidos de civil. 12 de Diciembre de 2011.

Tras la masacre del 26 de Septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero.

[1] “La guerra contra el crimen organizado durante el sexenio de Felipe Calderón dejó un saldo de 121 mil 683 muertes violentas, según datos dados a conocer hoy por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Estas cifras se desprenden de los registros administrativos generados por cada entidad federativa, básicamente de defunciones accidentales y violentas. Los reportes contienen registros de 4 mil 700 oficialías del Registro Civil y mil 107 agencias del Ministerio Público que mensualmente proporcionan información al INEGI”. (“El Saldo de la Narco Guerra” en Revista Proceso, 30 de Julio del 2013).

[2] El sexenio de Felipe Calderón Hinojosa sumó a 15.9 millones de mexicanos a la pobreza medida únicamente por ingresos –la medición oficial hasta 2008–, ya que en 2006 había 45.5 millones y para 2012 se llegó a 61.4 millones, esto es, 52.3 por ciento de la población. (Datos del CONEVAL vertidos en julio del 2013). Burlándose aún del robo de elecciones y varios achaques contra los movimientos sociales, ignorando otros como la tragedia de la Guardería ABC en junio del 2009.

[3] Gil Olmos, José, “El Irak guerrense”, Proceso, 07 de Mayo de 2016. En línea en: http://www.proceso.com.mx/439983/acapulco-irak-guerrerense

[4] En la historia de la contracultura, podemos recordar a los grupos de padres de familia y a todas las hordas religiosas exigiendo al Estado americano la censura y la normatización de la música rock, heavy metal, rap y otras expresiones culturales que eran consideradas como factores que propiciaban el consumo de drogas y la violencia en la juventud.

[5] En línea en: http://rupturacolectiva.com/levantan-y-asesinan-a-8-activistas-en-actopan-veracruz/

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